lunes, 5 de abril de 2010

Nació, trabajó, dio a luz y se enfrentó a un puma en medio de la montaña


Entrevista a Gilma de la Puente, 83 años, de Chuquis


Durante seis décadas Gilma de la Puente vivió en medio de los cerros a 10 km del pueblo de Chuquis. Nació y se crió en medio de la naturaleza donde recorría 20 km diarios para ir a la escuela. Tuvo una hija que se salvó de milagro y recién 35 años después decidió bajar e instalarse en una zona más urbana.
Un cielo limpio, aire puro y un solo cálido es la bienvenida que da Chuquis apenas se ingresa. A 90 km de la Capital, se encuentra la tierra que en la que nació Pedro Ignacio de Castro Barros, la que inspiró a Ramón Navarro en Mi Pueblo Azul y la que acunó vidas sencillas e impactantes como las de Doña Gilma de la Puente, quien pasó 60 años en medio de la montaña, donde nació, se crió y cuidó a su padre hasta los 90 años.

Doña Gilma (83)vivió la mayor parte de su vida en la Quebrada de la Yacurmana, unos puestos antes de llegar al Pozo del Brete a 10 km del centro de Chuquis. En diálogo con DataRioja, se animó al recuerdo y a la charla regado de mate dulce y aromáticas.

Gilma es la del medio de tres hermanos, dos mujeres y un varón. “Allá arriba fue todo, hace pocos años que vivimos aquí”, recuerda con nostalgia. Fue a la escuela hasta los 14 años hasta cuarto grado y todos los días recorría junto a sus hermanos 20 km para ir y volver. Al regresar ayudaban a sus padres con las tareas del campo ya que vivían de la cría y venta de cerdo. “Teníamos de todo, majada, choclos, zapallos, huevos, todo para vivir”, señala Doña Gilma.

El agua estaba a un km de su casa y todos los días tenían que acarrearla y la poca luz que tenían se debía a las lamparitas a querosén. Como su madre murió entrando a los 50 años, vivió con su padre muchos años hasta que le tocó cuidarlo. Doña Gilma recuerda que sus padres le transmitieron la fe en Dios y la devoción a algunos santos. Solían bajar para las fiestas religiosas y compartir con otros vecinos las festividades propias del pueblo.

Para ir a la escuela, a la que faltaban solo si nevaba, calzaban hojotas para no arruinar las alpargatas, también finitas, que tenían para asistir a clases. “Eran para que no se nos gasten tanto porque ellos no tenían para gastar”, cuenta Gilma. Eran 18 chicos los que vivían en zona de montaña en aproximadamente ocho familias.

Doña Gilma es la única que quedó en el lugar por tantos años. El resto, casi todos en su juventud se fueron a vivir a Buenos Aires. Gilma es famosa entre la gente del lugar por su fortaleza física y su inquebrantable espíritu. A los 25 años dio a luz a una beba, nunca tuvo un control médico durante todo el embarazo y el médico que subió a la montaña para asistirla en el parto llegó cuando el padre de Gilma lo buscó por pura intuición. La niña nació con fórceps y se quedó con su madre en la montaña hasta la juventud.

Doña Gilma casi no trabajaba para afuera, todas sus ocupaciones estaban en su casa con las cabras, las gallinas, la cosecha y la cocina. Sin embargo, en una ocasión lavó la ropa para una familia de la zona y para eso cargaba su caballo, trasladaba la ropa hasta su casa en la montaña y luego la regresaba impecable.

La historia que más renombre le generó fue cuando se enfrentó a un puma que mató una de sus cabras. De noche y con tan solo una linterna como arma se enfrentó casi sin querer al animal salvaje. Siguiendo la luz el puma estuvo a punto de atacarla, pero el destino hizo que Gilma se tropezara, cayera de espaldas y la luz se desviara. El animal se asustó y desapareció.

En 1994 y a causa de algunos malestares en la vesícula, doña Gilma decidió bajar y vivir con su nieto Luis en el pueblo. Incluso un año tuvo que viajar seguido a La Rioja Capital para acompañar a su hermano pero siempre añorando volver a su casa.

Un amigo de la zona la ayudó a gestionar una pensión y actualmente sobrevive con algunos ingresos. Pero las necesidades de remedios y vitaminas para cuidarse el corazón no suelen ser cubiertas de manera completa por la obra social así que todos los meses reniega cuando no le alcanza. Entre tantas anécdotas también recordó que hace unos años tuvo que viajar a Aminga a pedir una ayuda y luego una larga espera y de haber gastado 40 pesos en transporte, la gente del municipio “le colaboró” con 50 pesos.

Entre las vivencias más significativas Gilma en medio de la montaña también mencionó la parición de los animales, sus cuidados y la vida rodeada de naturaleza. También recuerda el buen carácter de su padre:“Mi viejo nunca tuvo una palabra, un mal humor”. Y que eran suficientes un gesto, una mirada de alguno de sus progenitores para entender lo que esperaban de ellos.

Gilma, derechita como en sus años mozos y negada a usar bastón porque dice que encoje a las personas, nos despide después de una larga charla desde la puerta de su humilde casa con una sonrisa limpia e iluminada como las estrellas del cielo de Chuquis.